29 diciembre, 2025

Limpieza física

Es habitual que, al cierre del año, nuestra mente se llene de propósitos y metas renovadas; solemos incluso reciclar aquellos anhelos que quedaron pendientes en el tintero de los meses pasados. Sin embargo, hay un ritual que solemos omitir y que es tan necesario como el balance mental: la limpieza física.


Con el paso del tiempo, acumulamos. Compramos y adquirimos cosas casi por inercia, dejando que lo viejo se resguarde en los rincones: en una caja olvidada, en el fondo de un cajón, bajo la cama o en la última repisa. No hablo necesariamente de una acumulación patológica, sino de esos objetos en desuso que, en silencio, guardan una profunda carga nostálgica.



El problema es que esa nostalgia no siempre es amable. A veces, puede ser agresiva; puede darnos una bofetada sobre heridas abiertas o momentos difíciles que aún nos cuesta procesar. Es entonces cuando el objeto deja de ser el bello recuerdo de un instante inolvidable para convertirse en un lastre mental y físico que nos impide avanzar y dar espacio a lo nuevo.


Este es un ensayo sencillo con una intención clara: reflexionar sobre lo que poseemos y cuestionar si realmente es necesario que siga ahí. Personalmente, me he propuesto la tarea de soltar todo aquello que me impedía caminar ligero. Para muchos podrá parecer un acto trivial, pero para quienes otorgamos una carga emocional a ciertos objetos, cartas o papeles, el proceso puede ser doloroso al inicio, pero profundamente liberador al final.


Te invito a comenzar por lo pequeño: elige hoy un solo objeto que guarde un silencio que ya no quieres escuchar. Sosténlo por última vez, reconoce la historia que cumplió y dale las gracias antes de dejarlo ir. Vaciar un rincón físico es, en esencia, oxigenar el alma. Solo cuando soltamos el peso de lo que ya fue, recuperamos la ligereza necesaria para recibir, con las manos abiertas, lo que la vida está intentando entregarnos.

15 diciembre, 2025

El Nobel incómodo de María Corina Machado

María Corina Machado nació en Caracas en 1967. Es ingeniera industrial y desde hace más de veinte años se ha dedicado a luchar por la democracia en Venezuela. Fundó la organización Súmate para promover el voto ciudadano y más tarde creó el partido Vente Venezuela, con el que se convirtió en una de las voces más firmes contra el chavismo y contra Nicolás Maduro. Su discurso siempre fue claro: defender la libertad, denunciar la corrupción y exigir elecciones limpias. Eso le costó persecución, amenazas y finalmente la inhabilitación para competir en las elecciones presidenciales de 2024. Después de denunciar fraude, tuvo que esconderse y escapar de Venezuela en una operación secreta. Llegó a Curazao y luego a Oslo, donde recibió el Premio Nobel de la Paz en 2025. Su historia es la de una mujer que arriesgó su vida por la libertad de su país.




El Comité Noruego del Nobel explicó que el premio se le otorgó por su “incansable labor en la promoción de los derechos democráticos del pueblo venezolano y su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia”. En otras palabras, reconocieron su valentía y su liderazgo. Pero lo que debería ser un motivo de orgullo para las mujeres y para quienes creen en la democracia, se convirtió en un tema incómodo. Mientras muchos gobiernos y líderes liberales celebraron el premio, sectores de izquierda lo criticaron o guardaron silencio. En México, la presidente Claudia Sheinbaum evitó pronunciarse y dijo “sin comentarios”. Ese silencio fue notorio, porque normalmente se pronuncia sobre temas de mujeres y derechos, pero aquí prefirió no hacerlo.


Las reacciones fueron muy distintas según la ideología. En Europa y Estados Unidos hubo aplausos y reconocimiento. En cambio, figuras de izquierda como Pablo Iglesias en España descalificaron el premio, diciendo que era una manipulación política. En Venezuela, algunos opositores moderados cuestionaron su cercanía con Estados Unidos, mientras otros celebraron que por fin la lucha democrática tuviera un rostro femenino reconocido en todo el mundo. El Nobel, más que unir, terminó mostrando las divisiones políticas que existen.


Aquí es donde surge la reflexión. En un mundo donde se repite que las mujeres no tienen las mismas oportunidades que los hombres, el Nobel de Machado debería ser celebrado como un logro enorme. En una lista de premios dominada por hombres, se reconoce a una mujer que ha enfrentado a una dictadura y que ha sido ejemplo de fuerza y resiliencia. Sin embargo, el feminismo en muchos espacios no lo celebró. ¿Por qué? ¿Porque la ideología pesa más que el género? ¿Porque cuando una mujer no encaja en el molde político que se espera, su triunfo se relativiza o se ignora?


No se trata de decir que el Nobel no puede ser cuestionado. Todos los premios lo son. Pero sí de señalar la incoherencia de un feminismo que celebra a unas mujeres y calla ante otras según la conveniencia política. ¿Cuándo sí y cuándo no se reconoce un logro histórico? ¿Cuándo sí y cuándo no se celebra a una mujer que rompe barreras? La respuesta parece depender menos del mérito y más de la narrativa ideológica que rodea el hecho. En México, el silencio oficial influyó en la reacción de muchas mujeres que prefirieron no festejar. Lo que debería ser un triunfo colectivo se convirtió en un tema incómodo.


Este caso muestra una paradoja: el feminismo, que nació como una lucha por la igualdad, corre el riesgo de convertirse en un feminismo selectivo. Un feminismo que apoya solo a quienes encajan en una visión política determinada. Y entonces la pregunta es inevitable: ¿qué feminismo es el correcto, el de izquierda o el liberal? Tal vez ninguno en exclusiva. Tal vez el feminismo debería ser capaz de reconocer los logros de cualquier mujer que desafíe estructuras de poder, sin importar si su discurso es progresista, liberal o conservador. Porque lo que está en juego no es solo la ideología, sino la coherencia de una causa que se proclama universal.


El Nobel de María Corina Machado es un recordatorio de que las narrativas políticas pueden dividir incluso lo que debería unir. Es un triunfo para las mujeres, para la democracia y para la resistencia civil, pero también un espejo incómodo que muestra cómo la política condiciona la solidaridad. Celebrarlo o callarlo no dice tanto de Machado como de nosotros mismos: de qué feminismo queremos construir, de qué coherencia estamos dispuestos a sostener y de qué valores realmente defendemos cuando hablamos de igualdad.

11 diciembre, 2025

Democracia liberal versus democracia progresista, entre el individuo y el colectivo

Aunque debo admitir que muchas veces la democracia es tomada como una de las peores formas de gobierno de una nación —pues puede prestarse a un mal manejo de la administración del poder, o permitir que personajes popularmente conocidos, pero sin preparación política, lleguen a presidir el Estado—, en esencia sigue siendo un sistema que busca que un pueblo se gobierne a sí mismo.




Sin embargo, creo que se debe hacer una distinción entre diferentes tipos de democracias. La democracia no funciona de la misma manera en todas las naciones independientes del mundo; ni siquiera comparten los mismos tiempos en la ocupación de cargos públicos, ni poseen las mismas instituciones y organismos democráticos, ni garantizan el mismo grado de participación ciudadana.


Dicho de otro modo, existen diferentes tipos de naciones con sus diferentes tipos de democracias, cada una empleada por sus representantes según lo consideren adecuado para el ejercicio del poder. Un ejemplo claro es comparar la democracia mexicana con la venezolana: en ambas, los gobernantes son elegidos por voto popular; sin embargo, sus leyes e instituciones democráticas difieren profundamente. En la República Bolivariana de Venezuela se realizó hace algunos años una reforma constitucional que permite la reelección indefinida de quien ocupa el poder. Así, quienes sostienen que “Venezuela es una democracia” podrían afirmar algo técnicamente correcto, pero es evidente que su democracia es distinta a la de países donde la reelección no está permitida. De ahí que varios críticos califiquen al régimen venezolano como una dictadura, pues el Estado modificó su propia democracia para perpetuarse en el poder apelando a “la elección del pueblo”.


Habiendo entendido que la democracia no es absoluta ni igual en todo el mundo, y que los actores del poder pueden transformarla según sus intereses, continúo con las diferencias ideológicas que permean en ella. Afirmo que no puede ejercerse política sin una visión ideológica detrás que la respalde. Toda política tiene una ideología que la acompaña, y la democracia no es ajena a este fenómeno; si lo fuera, no existirían distintos modelos democráticos ni sus diversas aplicaciones en los niveles del poder. Un ejemplo es la reciente elección del Poder Judicial en México, que por primera vez se realizó por voto popular para elegir jueces, ministros y magistrados de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Esta reforma demuestra que la democracia ya existía, pero una corriente ideológica —en este caso, la de Morena— permeó en la decisión legislativa que dio paso a este evento histórico.




Y ahora, el lector podrá preguntarse: ¿qué es la democracia liberal y qué es la democracia progresista? A partir de las premisas anteriores, podemos responder que ambos son modelos de democracia respaldados por diferentes ideologías. La democracia liberal se fundamenta en ideas del liberalismo clásico; la progresista, en ideologías de justicia social y progreso. Ambas pueden entenderse como formas mediante las cuales el pueblo se gobierna a través de representantes que lo encarnan en el plano nacional e internacional.



En ese sentido, la democracia progresista busca profundizar la democracia más allá del voto, democratizando estructuras sociales, priorizando el colectivo y la justicia social, e impulsando reformas que amplíen las capacidades de los ciudadanos desde un aparato estatal que garantice bienestar, equidad y participación amplia. Se inspira en el progresismo como movimiento de reforma social constante para mejorar la condición humana, tal como lo ejemplifica la reforma al Poder Judicial en México. Este modelo suele poner el interés colectivo y el de las minorías por encima de los intereses individuales, fomentando un Estado de bienestar que promueva la redistribución de la riqueza, servicios públicos universales y seguridad social.




Por su parte, la democracia liberal es el sistema que fusiona la democracia —el gobierno del pueblo— con el liberalismo, es decir, la protección de la libertad individual. Garantiza elecciones libres y justas, sufragio universal y respeto a derechos y libertades como la expresión y la propiedad. Lo hace mediante el constitucionalismo y el Estado de derecho, que limitan el poder del gobierno y de la mayoría para proteger a las minorías, estableciendo un equilibrio entre voluntad popular y derechos naturales. En esencia, este modelo busca proteger derechos fundamentales que no puedan ser vulnerados por ningún gobierno.




Aquí resulta útil recordar a John Locke, uno de los grandes referentes del liberalismo clásico. Locke afirmaba que:

“Así como cada uno está obligado a preservarse a sí mismo y a no destruirse por propia voluntad, también está obligado a preservar a la humanidad en la medida en que le sea posible, siempre que ello no atente contra su propia preservación.” 

 

Esta idea es central para comprender que la responsabilidad individual no excluye lo colectivo: lo fortalece.

No se trata de que una democracia sea mejor que otra; ambas comparten la esencia participativa y la elección popular de representantes. La diferencia radica en la ideología que las respalda. Para fines de este ensayo, me inclino por la democracia liberal porque, históricamente, la democracia progresista suele aplicar políticas que dejan de lado el incentivo individual, priorizando las “necesidades” de las minorías mediante programas asistencialistas que, en varias ocasiones, terminan generando clientelismo y dependencia del Estado. Por el contrario, cuando se defiende y se antepone al individuo, se respeta el estado natural en el que nace el ser humano; y, una vez que se entiende la responsabilidad individual, inherentemente se contribuye al colectivo. Si buscamos nuestro bienestar individual, favorecemos el bienestar común. No existe el colectivo sin individuos.

Finalmente, el funcionamiento de cualquier democracia —liberal o progresista— dependerá de la cultura, educación, responsabilidad y participación ciudadana de cada nación, así como del tipo de gobernante que el pueblo elija. Por ello deben fijarse valores, cualidades y aptitudes para que exista un buen gobernante, independientemente de su ideología. Un buen gobernante buscará el bien de la nación y su pueblo; un personaje populista, casi siempre, buscará sus propios intereses y no los de quienes lo llevaron al poder.


 — Angel David Uscanga Mendoza

03 diciembre, 2025

La chispa inicial: un ensayo sobre creación, libertad y humanidad

A veces me encuentro pensando en algo que parece sencillo, pero que en cuanto lo desarrollo abre una serie de preguntas profundas sobre Dios, la creación y mi propia existencia. Desde niño aprendí la idea de que Dios crea a cada ser humano de manera individual, casi como un artesano que nunca se detiene, que moldea una vida distinta cada instante. Sin embargo, al estudiar textos bíblicos, acercarme a la tradición judía y leer filosofía, comencé a preguntarme si esa imagen es la única posible.

Partiendo de la premisa de que creemos en un Dios creador, y que el ser humano es creación divina, surge una pregunta que me acompaña desde hace tiempo: ¿somos creación divina porque Dios nos crea individualmente, o somos creación divina porque Él hizo a Adán y Eva y somos sus descendientes? Esta duda abre un espacio distinto para pensar la relación entre Dios, la vida humana y la libertad.


Cuando leo el Génesis, encuentro que Dios crea a Adán y a Eva y les otorga la capacidad de multiplicarse. Ese detalle siempre ha estado ahí, pero pocas veces se analiza en toda su profundidad. Si Dios les dio la facultad de engendrar vida, ¿no implica esto que la creación humana continúa a través de ellos? ¿No sugiere que Dios decidió iniciar un procesos que después seguiría su curso mediante la historia, la biología y la libertad humana? En lugar de imaginar un acto de creación constante e individua, aparece la posibilidad de ver la creación como un origen que despliega sus consecuencias a lo largo del tiempo.

Esta reflexión no intenta negar la dimensión divina del ser humano, sino examinar en dónde proviene. Si Dios creó a los primeros seres humanos y depositó en ellos la chispa divina, entonces cada generación heredaría algo de ese origen. Seríamos creación divina en cuanto descendemos de la creación divina original, no necesariamente porque Dios intervenga artesanalmente en cada nacimiento.

Al explorar esta idea, encuentro resonancia en el pensamiento de Maimonides. Él sostiene que Dios actúa a través de las leyes naturales que Él mismo estableció. No interviene rehaciendo el mundo a cada instante, sino que creó principios que funcionan sin cesar desde el comienzo. Bajo este visión, la vida humana es parte de un mecanismo divinamente establecido que continúa de manera autónoma. Esto no resuelve mi pregunta, pero sí la ilumina: si Dios opera mediante las leyes naturales, quizá la reproducción humana es precisamente una de esas leyes, un canal a través del cual la creación sigue.




También encuentro un paralelo en la filosofía de Spinoza, aunque su concepción de Dios difiera del pensamiento religioso tradicional. Para él, Dios no fabrica individuos por separado, sino que todo surge de la misma sustancia divina que se expresa mediante la naturaleza. Aunque mi reflexión tiene un marco espiritual distinto, su idea abre un espacio para pensar que la creación no necesariamente consiste en actos individuales, sino en un proceso que fluye desde un origen común.

Mientras continúo pensando en esto, aparece otra consecuencia importante: si no somos creados uno por uno, sino que descendemos de la primera creación y tenemos libertad, entonces gran parte de lo que somos proviene de nuestras decisiones, de nuestra historia familiar, cultural y social. Nuestros pensamientos, ideologías, identidades y formas de ver el mundo no serían diseños específicos de Dios, sino expresiones de la libertad humana que Él otorgó. Esto no elimina la presencia divina, pero sí desplaza la responsabilidad hacia nosotros. Dios no nos “hace” de una manera determinada; somos nosotros quienes vamos definiendo nuestra vida con el don de la libertad.



Esta posibilidad me hace reinterpretar lo que significa ser obra de Dios. Si provengo de la primera creación, sigo perteneciendo a una cadena que Él inició. No soy menos divino por ser parte de un proceso histórico; al contrario, me siento parte de una continuidad sagrada que comenzó con un acto creador y que se extiende hasta hoy. Pero tampoco tengo la seguridad absoluta de que la creación funcione exactamente así. Es solo una reflexión, una pregunta abierta que intento explorar.

Por eso no afirmo una postura definitiva. Más bien, me interesa pensar entre estas dos posibilidades: la de un Dios que crea individualmente y la de un Dios que crea el origen y permite que la vida continúe a través de procesos naturales. Ambas sostienen la dignidad humana, ambas reconocen la chispa divina, y ambas pueden convivir dentro de una reflexión espiritual y filosófica. Lo importante para mí no es decidir cuál es la verdadera, sino abrir un espacio para pensar cómo se entrelazan la teología, la biología, la historia y la libertad en aquello que llamamos creación.

09 octubre, 2025

¿Qué le vamos a hacer? La resignación mexicana


No imaginaba esta postura que, al parecer, no solo comparte el hombre que conocí hoy, sino muchas personas más.


Iba en un taxi rumbo a casa cuando surgió una de esas conversaciones que a veces se sienten incómodas: la política. No porque el tema lo sea, sino porque, en un México tan polarizado, es difícil opinar sin que aparezca el descontento o la discusión.


El señor comenzó a hablar de lo caro que está todo, del gobierno, de la gente, de cómo nada cambia. Uno de esos diálogos donde todos tenemos algo que decir, pero nadie quiere decirlo por completo. Entre risas y bromas sobre el futbol, de pronto soltó una frase que me quedó dando vueltas:
“Así vivimos los mexicanos, ¿verdad? Vivimos bajo el ‘¿qué le vamos a hacer?’, si así nos tocó vivir.”

Seguí escuchando en silencio mientras el camino avanzaba y la ciudad se movía afuera de la ventana. Pero esa idea no se me quitaba de la cabeza. ¿De verdad no podemos hacer nada? ¿Ya nos jodimos porque “así nos tocó vivir”?

Y pensé que, quizá, esa misma resignación la repetimos en otras cosas: en las relaciones, en la familia, en el trabajo, en los sueños que dejamos a medias. Damos por sentado que las cosas son como son, sin darnos cuenta de que, muchas veces, solo nos falta preguntarnos si realmente tienen que ser así.

Tal vez cada quien deba encontrarse con su propia respuesta, pero ojalá esa respuesta no sea la de siempre.

17 septiembre, 2025

De la inocencia a la conciencia

Al leer Génesis me di cuenta de algo que me voló la cabeza. Adán y Eva no necesariamente son personas individuales, sino representaciones de la humanidad en su estado más primitivo e inocente. Adán podría ser el hombre-niño, inocente, sin conciencia moral ni autocrítica, y Eva la fuerza que despierta esa conciencia. Juntos atraviesan el momento en que la humanidad comienza a percibir el bien y el mal. Antes del fruto, la desnudez de ambos no generaba vergüenza; no existía miedo ni juicio. Todo era natural, como la infancia: un estado en el que aún no se distingue entre lo que está bien o mal.

El fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal no es un acto sexual, ni un pecado literal, se trata del despertar de la conciencia moral. Al probarlo, Adán y Eva dejan atrás la inocencia. Descubren la vergüenza, perciben su vulnerabilidad y comprenden que sus actos tienen consecuencias. Lo que antes era natural, ahora puede evaluarse, juzgarse y decidirse. Con ese conocimiento llega también la responsabilidad, el miedo y la autocrítica: la conciencia no llega sin carga.

El árbol de la vida no es un fruto que otorga inmortalidad física. Representa la conciencia de la muerte. Que Dios lo proteja no significa rivalidad ni competencia, sino que nos recuerda que somos finitos, que esta vida tiene un final y que esa certeza es lo que nos define como humanos. Ser conscientes de nuestra mortalidad no es una desgracia, sino la condición que nos permite actuar, pensar y elegir. Podríamos conocer el bien y el mal, pero nuestra libertad siempre está limitada por el tiempo que nos toca vivir.

La expulsión del Edén no es un castigo. Es mas bien la transición inevitable de la humanidad de la inocencia a la experiencia. Adán y Eva representan la infancia de la humanidad, y al probar el fruto se convierten en seres capaces de juicio, libertad y responsabilidad. La historia no trata de señalar un error, sino de mostrar cómo la conciencia y la moralidad surgen, cómo la inocencia se transforma en responsabilidad, y cómo la certeza de nuestra finitud nos define.

En este sentido, este apartado de Génesis deja de ser solo un relato religioso o histórico. Es una reflexión sobre lo que significa ser humano: nacer inocente, descubrir el bien y el mal, asumir la libertad, cargar con la responsabilidad y vivir sabiendo que nuestra existencia es temporal. Adán y Eva nos enseñan que el conocimiento y la conciencia son un regalo que trae consigo todo el peso de la humanidad.

28 julio, 2025

Crecí, y ellos también



Hoy vi a una madre gritarle a su hijo. Eso me transportó a mi infancia. No cómo un mal recuerdo, sino como una nostalgia del niño que ya no soy, y los padres que ya no son. Mis padres son diferentes conmigo ahora, porque soy un adulto, porque yo soy diferente. Me aman, lo sé porque lo siento, y me aman diferente, lo sé porque lo vivo.


No es menos amor, ni menos compromiso, solo es diferente, porque ellos son diferentes y porque yo lo soy también, porque yo también los amo, pero los amo diferente, a que cuando niño un día los amé. Porque de niño me curaban la rodilla cuando me lastimaba, y hoy me sanan las heridas que otras situaciones me ocasionan, no son daños físicos, sino sanaciones en mi alma.

Y mis padres me criaron con lo mucho y poco que sabían. Porque crecí y aprendí, que mis padres no son más que niños grandes, que tuvieron que crecer y actuar diferente porque ahora ellos tuvieron niños pequeños que cuidar. Porque ellos se divierten, juegan y sonríen, ambos lloran, se sienten tristes, se preocupan y tienen miedo.

A veces los cuestiono y pienso diferente que ellos, a veces también actúo diferente y no siempre hago caso a sus consejos y enseñanzas. Eso es parte de crecer y es parte de la vida, madurar y caer, con o sin su compañía. Pero están ahí, cuando me acuerdo, cuando pienso, cuando respiro y cuando veo. Están ahí cuando escucho sus voces en mi mente.

Hoy vi una madre gritarle a su hijo, y eso me transportó a mi infancia. Algún día ese niño crecerá, así como crecí, y así como crecimos los demás. Recuerda a tus padres, recuérdalos, están aquí contigo, ahora mientras lees, salúdalos.

— David Uscanga